"Trescientos arritrancos
repartidos por La Laguna
ocultan sus siluetas lúgubres
tras escudos y cascos
en una plaza donde yacían
históricos patos
y cierran bocacalles de una
catedral
inaugurada por el obispo nivariense
que a Dios rogando y con el
mazo dando
invita al ministro non grato
ante un flujo espontáneo de marea
verde
que no pone la otra mejilla
ni da pétalos de flores
a esas fuerzas de dudoso orden
mirando a los ojos de un miedo
que ahora sí, alegremente
ya cambió de bando".